Thursday, May 25, 2006
Monday, May 15, 2006
"EL ARTISTA: LA CRÍA ONTOLÓGICA DE LLUIS MONTANÉ"
A propósito de la entrevista de Luis Guerra.
La reflexión de Montané basada omnipresencia del mercado, asume ser parte del sistema de control biopolítico, entendido este como dominio de la subjetividad a partir de la manipulación de los enunciados lingüísticos, lo que obviamente, trae como consecuencia la segmentación, la diferenciación social y la imposibilidad de crear nuevos horizontes ontológicos. En este sentido, basar la línea argumental pensando en la globalización como eje fundamental para entender el arte actual, es partir de un axioma tendencioso que se refiere al modo imperial de producción.
Es obvio que en el mundo se produjo un cambio estructural de la economía a gran escala, lo que se tradujo en un constante flujo de mercancías y desterritorialización de la cultura, sin embargo, pienso que el arte debe analizarse desde las instancias también locales o ribosómicas de producción de subjetividad y no caer en el excitismo de lo transaccional de la globalización. Por cierto, el arte como un concepto moderno fue instaurado por la hegemonía ciudadana de los comerciantes y por tanto sensible a las posturas que emergían desde allí, sin embargo en esta dialéctica histórica la antitesis ontológica siempre se ha alzado con un profundo valor polisémico desde el no poder, es decir la periferia.
Según Montané “el arte de hoy es el arte del mercado”, obviamente su postura simplista es clara en la aceptación y validación del discurso comercial de la medianía ideológica, que predica la bondad de un supuesto espacio uniforme de flujos mercantiles, donde no existe codificación y la dominación especulativa inunda todo el espectro, desterritorializando el sentido de las naciones y culturas, con la perversa consecuencia de la desvalorización del trabajo, lo que segmenta a la sociedad. Así la competencia, se instala como el deber ser se la existencia, con la irremediable expresión del miedo, el nacionalismo y la depresión. Esta postura, pretende imponer la aceptación de un mercado con su consecuente debilidad valorativa, al situarla en el espacio peligroso del deseo y no en el nivel del uso y de conciencia. De este modo se produciría homogenización de las subjetividades y precariedad lingüística.
Otro punto que a mi modo de ver es cuestionable, se refiere al cierre de enunciación temática de su discurso teórico, que plantea esencialmente la verdad de una supuesta “nueva espiritualidad”, ello no hace mas que justificar la visión comercial de una hegemonía transnacional de acumulación, que favorece los circuitos de diálogo y valoración del grupo social que participa del juego económico dominante.
Esta clausura temática, implica olvidar el campo heterogéneo de los niveles periféricos de producción subjetiva y de las enormes posibilidades de reconstrucción y reposición simbólica que puedan lograr. Esta postura, al ser proclive a la ideología mercantilista, indaga sólo en una cara exterior del arte, ya que no advierte la existencia de espacios de singularidad artística que pululan en las redes contra sistémicas. Es evidente, que así responde a la instalación de enunciados y contenidos en el territorio de la transacción, lo que de un modo u otro desconectará al artista de su agenciamiento original para reposicionarlo en otro, como una nueva cría ontológica.
Hay que consignar que todo el aparato de control biopolítico tiene por objeto producir homogenización ideológica a nivel de decodificación de signos; de necesidades y expectativas, este es el espacio de cría, este es el calor, el alimento y el techo del ser sistémico, aquí el horizonte ontológico es reemplazado por la excitación del producto de deseo, trasladando la mirada humanista de otrora a la ceguera del valor de transacción.
La reflexión de Montané basada omnipresencia del mercado, asume ser parte del sistema de control biopolítico, entendido este como dominio de la subjetividad a partir de la manipulación de los enunciados lingüísticos, lo que obviamente, trae como consecuencia la segmentación, la diferenciación social y la imposibilidad de crear nuevos horizontes ontológicos. En este sentido, basar la línea argumental pensando en la globalización como eje fundamental para entender el arte actual, es partir de un axioma tendencioso que se refiere al modo imperial de producción.
Es obvio que en el mundo se produjo un cambio estructural de la economía a gran escala, lo que se tradujo en un constante flujo de mercancías y desterritorialización de la cultura, sin embargo, pienso que el arte debe analizarse desde las instancias también locales o ribosómicas de producción de subjetividad y no caer en el excitismo de lo transaccional de la globalización. Por cierto, el arte como un concepto moderno fue instaurado por la hegemonía ciudadana de los comerciantes y por tanto sensible a las posturas que emergían desde allí, sin embargo en esta dialéctica histórica la antitesis ontológica siempre se ha alzado con un profundo valor polisémico desde el no poder, es decir la periferia.
Según Montané “el arte de hoy es el arte del mercado”, obviamente su postura simplista es clara en la aceptación y validación del discurso comercial de la medianía ideológica, que predica la bondad de un supuesto espacio uniforme de flujos mercantiles, donde no existe codificación y la dominación especulativa inunda todo el espectro, desterritorializando el sentido de las naciones y culturas, con la perversa consecuencia de la desvalorización del trabajo, lo que segmenta a la sociedad. Así la competencia, se instala como el deber ser se la existencia, con la irremediable expresión del miedo, el nacionalismo y la depresión. Esta postura, pretende imponer la aceptación de un mercado con su consecuente debilidad valorativa, al situarla en el espacio peligroso del deseo y no en el nivel del uso y de conciencia. De este modo se produciría homogenización de las subjetividades y precariedad lingüística.
Otro punto que a mi modo de ver es cuestionable, se refiere al cierre de enunciación temática de su discurso teórico, que plantea esencialmente la verdad de una supuesta “nueva espiritualidad”, ello no hace mas que justificar la visión comercial de una hegemonía transnacional de acumulación, que favorece los circuitos de diálogo y valoración del grupo social que participa del juego económico dominante.
Esta clausura temática, implica olvidar el campo heterogéneo de los niveles periféricos de producción subjetiva y de las enormes posibilidades de reconstrucción y reposición simbólica que puedan lograr. Esta postura, al ser proclive a la ideología mercantilista, indaga sólo en una cara exterior del arte, ya que no advierte la existencia de espacios de singularidad artística que pululan en las redes contra sistémicas. Es evidente, que así responde a la instalación de enunciados y contenidos en el territorio de la transacción, lo que de un modo u otro desconectará al artista de su agenciamiento original para reposicionarlo en otro, como una nueva cría ontológica.
Hay que consignar que todo el aparato de control biopolítico tiene por objeto producir homogenización ideológica a nivel de decodificación de signos; de necesidades y expectativas, este es el espacio de cría, este es el calor, el alimento y el techo del ser sistémico, aquí el horizonte ontológico es reemplazado por la excitación del producto de deseo, trasladando la mirada humanista de otrora a la ceguera del valor de transacción.


